Soy un adicto. Así como suena, pero no se malinterprete: ni es una burla ni un mal chiste. Es una declaración de intenciones, por decirlo de alguna manera. No es algo que me haga especial ni diferente, porque pienso que todos somos adictos a diferentes cosas: a comer donas, al TikTok, a las compras compulsivas o a guardar cosas que no sirven.
Otros, en teoría más saludables, son adictos a ser ellos mismos y a intentar ser más bellos cada día; se sienten el centro de la mesa. Hasta les dimos un nombre: pinches narcisos de mierda.
Muchos son adictos al alcohol, al cigarrillo, al porno y a unas pajas matutinas para empezar el día positivamente. Y aunque he pasado por muchas de esas adicciones, ahora a lo que soy adicto es a la vida. No hablo solo de ocupar espacio y respirar porque es gratis. Soy adicto a las cosas hermosas que ofrece y a las oportunidades que presenta. Es cierto que tiene matices, tragedias o malos momentos que se apiñan y nos definen, pero de ninguna manera son males que duren una eternidad, ni nuestro cuero es tan resistente; de una u otra forma, las partes oscuras tienen que terminar.
También me gustan los parques tranquilos, las charlas interesantes y los juegos en red (especialmente en los que soy bueno). Me gusta pelear; sí, soy un peleón de primera. Si no tengo con quién, me peleo conmigo mismo. ¡Sí, señor! Me miro al espejo y me odio, pero ojo: esto es solo a veces y, lo más importante, sigo amando la vida. Me miro con desprecio y me digo: "Es un gran día para morir; casi seguro de que no será el último y lo viviré a toda mecha o al menos es lo que me repito".
Mis tiempos de pensar que estar ebrio me hacía carismático ya pasaron. Ahora intento disfrutar cada día como lo que es: una dosis que se va, hasta que un día se me terminen. Es la clase de dosis que no se puede ganar juntando dinero ni moneditas. Mientras tanto, la tomo temprano y me dispongo a vivir: a disfrutar de mis seres amados, a extrañar a los amigos que se han marchado y a aprender cosas inútiles que disfruto como no se imaginan.
Devoro dulces como si no hubiera un mañana y, de vez en cuando, hago ejercicio como loco para bajar el azúcar.
Practico mis katas con el dolor de mi alma, como si un día fuera a tener una batalla campal en algún puente deteniendo a los malvados, ganando tiempo para que los míos escapen, ¡cayendo gloriosamente como uno de los grandes! Hasta había elegido las rolas que deberían matizar ese momento de total epicidad.
En mi cabeza, la escena es perfecta: detengo a la horda con un movimiento impecable que finaliza en una pose de victoria. Es el sacrificio supremo mientras mi amada me observa desde la seguridad, presenciando mi último gesto de puro amor. Y otra vez me asalta la duda: ¿quién va a contar la historia? Si muero ahí, no podré leer los comentarios ni ver mi propia película. Mi narcisista interno se rebela contra mi mártir. Quiero ser el muerto más recordado, sentado en la primera fila del funeral, comiéndome una galleta de avena con chocolate. Quiero ver a la rubia despampanante que contrataré para dejar flores en mi tumba para que todos se pregunten: ¿quién es ella? No, esto no me lo puedo perder.
Aún así, no me resigno a dejar de vivir. ¿De qué sirve un acto heroico si no lo puedo disfrutar? Así soy yo: básico, simple, un hombre con ideas descabezadas, adicto a la vida; enganchado totalmente a pesar de sus altibajos. Sé que nos quejamos de las crisis, las necesitamos para sentirnos protagonistas. Deseamos un mundo mejor, aunque no soltamos nuestra dosis de egoísmo. Queremos salvarnos sin no dejar de pecar; queremos el cielo, pero sin morirnos.
Yo quiero que mi diabetes desaparezca mientras miro esa dona glaseada que me coquetea desde la vitrina, sabiendo que no podré resistir. Es la adicción a la esperanza inútil: creer que mañana seré mejor persona mientras hoy me sigo comportando como el mismo imbécil.
Y así continúo mi travesía, la mayor parte del tiempo sentado en el sofá, amando la vida en todas sus facetas para evitar abandonarla. Porque el dolor es el contraste; es la resaca que te recuerda que la noche anterior valió la pena. Mi adicción es a la intensidad de estar aquí, aunque sea sintiendo cómo el azúcar me quema las venas o cómo el sudor me limpia el desprecio tras cada rutina de castigo en el gimnasio. Esas rutinas sin disciplina, donde trato de compensar en un día meses de deliciosa vagancia.
Ahí reside la verdadera comedia: en ese cuadrilátero mental donde mi páncreas y mi voluntad se agarran a golpes. Quiero la salvación, pero con una buena capa de chocolate. Mi cerebro me susurra que me la merezco, y yo sé que es así: un héroe no pelea con el estómago vacío. Es el ciclo infinito de pecar y arrepentirse, de insultar al espejo y luego pedirle perdón con sentadillas que dejan las piernas temblando como una gelatina.
Y es que así soy yo, quiero cambiar al mundo pero mi sofá no me lo permite, escribo unas lineas de protesta apelando cada tres palabras al auto-corrector, quiero ser una leyenda pero solo después de desayunar.
Ser adicto a la vida no implica saltar en paracaídas cada día, tampoco defiendo que sea entregarse a la mera observación mientras el cuerpo se expande hacia los lados, declaro que mi adicción a la vida es (para cerrar), apreciar las cosas simples, la gratificación de hacer las cosas bien, de luchar por lo que está en mi mano o a mi alcance, no enojarse porque empieza a llover, sino apurar el paso y recoger la ropa del tendedero con mi mujer, juntos, cómplices en la vida en todo lo humanamente posible, sin seguir un guion donde pasar años juntos pero separados, ella en casa y yo en el trabajo, es difícil, lo sé, pero lo que más importa en esta vida no cuesta dinero.
Quizás reconocer que se puede vivir más con menos sea el síntoma más claro de ser un adicto a la vida, uno que sabe que se le terminarán las dosis, pero mirará atrás contento de haber aprovechado cada gota.