Nos escondimos por varias semanas entre callejones, autos viejos y basureros, cualquier lugar apartado de la calle nos era útil, bien cubierto y de difícil acceso, era todo lo que pedíamos cada día, hasta que encontramos un buen refugio lejos de ellos donde dormir sin un ojo abierto; Un ascensor atascado en el último piso dejaba el espacio ideal para subir por sus cables, las escaleras bloqueadas con muebles, contenedores de basura y escombros lo convertían en la única vía de acceso, infranqueable para los caminantes, alguien aseguró el lugar y nos dejó un edificio de apartamentos, ocho pisos bloqueados desde la planta baja, la lotería en el fin del mundo, diecinueve apartamentos a estrenar solo para nosotros, una piscina en el último piso coronaba este sueño, era la cereza del pastel que nos invitaba a olvidarnos de todo - Tu camino hacia la felicidad - rezaba un letrero en la entrada. Habían pasado veinte días y un poco más desde que llegamos, que se me hacían veinte meses, jamás había sido tan feliz ni siquiera cuando las cosas estaban bien. Todo era perfecto excepto por la comida que casi se nos terminaba.
Aquella noche no hablamos casi nada como lo solíamos hacer, el temor que ambos sentíamos a mi salida la mañana siguiente era palpable, flotaba en el ambiente, casi un mes aquí lejos de las calles donde podemos dormir sin tener que turnarnos ni despertar a empujones entre gritos contenidos en murmuros aterrados, para correr en la oscuridad con lo que llevamos encima esquivando esas cosas sin saber hacia donde, un infierno que no puedo evitar recordar y aunque no es algo que extraño, siento que nos hemos oxidado un poco, tal vez seguir en movimiento era lo mejor y continuar intentando dejar la ciudad, lo cierto es que tratamos, no nos rendimos fácilmente, cruzamos la ciudad buscando un lugar donde intentarlo no fuera un suicidio, probamos cada idea, cada posible ruta de escape, corrimos más de una vez creyéndonos finalmente muertos muchas veces, tomados de la mano llorando y con el corazón en la garganta, lo intentamos, al final desistimos después de recorrer todas las calles que parecían posibles salidas, algunas más de una vez, casi todas trampas mortales bloqueadas por vehículos siniestrados, ahora habitadas por lo que queda de sus ocupantes que fungen cual carceleros de todo el maldito lugar, cerrando calles y avenidas cortando toda ruta posible de salida, siempre atentos, expectantes y despiertos, creo que todos tuvimos la idea de escapar el mismo día, el día que todo acabo. Así es como terminamos aquí, en el condominio Renacer donde rápidamente nos acostumbrarnos a algo que no puede durar, ahora, mantener las habilidades y el instinto afilados debería ser lo primero pero como antes no lo es, la seguridad y el éxito te derrotan, eso siempre lo había sabido, pero recién ahora lo comprendía.
Aquí arriba todo es diferente. Abajo dudo poder resistir solo sabiendo que ella no está conmigo para ahuyentar el miedo que me invade cada vez que llega la oscuridad, no se trata de fortaleza física, no contra ellos. En las noches nos quedamos en el último piso para dormir lejos de los horrores que se escuchan provenientes de la calle, los gritos, los gruñidos, ese odioso ruido que hacen al roer la carne y al respirar o como se le llame; los pasos apresurados y torpes; los ruegos y los pedidos de auxilio llenos de angustia, atrayendo a más de esas cosas sobre ellos y haciendo que uno se sienta miserable por el miedo que es mayor al deseo de ayudar. A veces, el silencio también es demoledor, amplifica en la oscuridad el sonido gutural que producen, como si la tierra hubiera arrojado de su seno a un demonio que despierta de un profundo letargo. ¡No! ¡El lugar es horrendo! Las palabras solo pintan una idea ínfima y reduccionista de lo que en verdad se ha convertido esta ciudad. Es fácil imaginar la suciedad de las calles decoloradas, llenas de vehículos chocados con las puertas abiertas, llantas desinfladas y los cristales rotos; algunos de ellos convertidos en prisiones de lo que fueran hombres, mujeres o niños transformados en siniestras bestias en su interior. Calles matizadas con algún tono verde encendido por la hierba que ya va tomando posesión entre los escombros, entre las rajaduras del asfalto agrietado, en los bordes de las aceras o donde sea que la tierra es depositada por los elementos. La desolación es total en una ciudad otrora vibrante, ahora abarrotada con hordas acechantes, criaturas cada vez más penosas y aberrantes, pedazos putrefactos de lo que fueran personas, almas en pena, esqueletos andantes, los que caminan, los que reptan y se arrastran, algunos más frescos y enteros que otros, y hasta hoy, todos podían morir, si acaso algo muerto puede morir otra vez. Pensar en escapar corriendo puede parecer tarea fácil, pasar corriendo entre seres lentos y miserables, tomar un palo, un machete, un hacha y lanzarse sobre ellos como una máquina mortal, impartiendo justicia o paz, como se quiera llamar. Todas las hazañas funcionan cada vez que uno lo imagina si no se ha estado aquí. El cuerpo se agota, los palos se rompen, los machetes se quedan atorados, al igual que las hachas o se te escapan de las manos entumecidas. Pero ellos no se acaban, mientras haya ruido no dejan de llegar, no se asustan, ni retroceden y tampoco se cansan. El simple hecho de desplazarse entre las vísceras de la ciudad es diferente a lo que invita una imaginación que abusa de la suerte. Uno debe ser cuidadoso y rápido. El suelo puede regalarte un tobillo torcido o algo peor, y las calles están llenas de sorpresas impregnadas con sangre maldita, listas para besar tu carne en la forma de un alambre o un cristal roto que aguarda escondido y paciente para regalarte su inmortalidad. Las ventanas miran con sus propios y escondidos terrores, edificios invadidos han sido el origen de la lluvia de muertos, que van en línea recta o lo más recta posible hacia dónde escuchan algún ruido, proyectando sus cuerpos deformes al vacío, rodeando rápidamente al sobreviviente distraído, desde cualquier lugar oscuro una sombra puede dirigir a la horda hacia ti, su solo movimiento invita a los suyos a seguirle y así la estampida brame con renovado vigor tras de tí, siempre tras de ti aunque no te persiga, si estas en su camino van tras de ti. Su olor, es el olor de la muerte... cómo describir algo así, es tan intenso que es lo primero que te avisa si se acercan, se pega en la ropa y a veces lo sientes hasta en la boca, lo saboreas aunque no quieras, es como respirar algo espeso que se pega al paladar y entra en tus pulmones muy lentamente ahogando, negándote el aire que necesitas, la pestilencia sofocante llena las calles, es densa y palpable, te vacía el estómago y te quita las fuerzas como si se tratara de un maleficio. Días después de iniciado el infierno descubrimos a las malas que mi Becca en sus días se convertía en un imán para ellos. Agradecí que no tuviera problemas más allá de una menstruación regular y casi indolora, no hay un médico cerca que no trate de morderte, no uno que yo sepa. La sangre los estimula, los excita, no entiendo bien cómo la sienten. No deberían poder oler, mirar o escuchar, ni hacer lo que sea que imita una respiración arrítmica y entrecortada, y a pesar de todo lo hacen. Cambian su postura, como si estuvieran listos para saltar, entran en modo de ataque, agachan la cabeza y perfilan sus cuerpos al combate. Los despojos que se arrastran o aquellos que no se pueden mover enloquecen, abren sus pútridos y desorbitados ojos, mugen y se baten. La sangre despierta la zona, eso hace la sangre, pero solo la sangre de algo vivo, no la de ellos que rezuma por sus orificios negros e infectantes. No puedo dejar que pase de nuevo por todo eso.
Dormí muy mal esa noche, pensamientos oscos y un sueño repetitivo e inquietante robaron mi descanso, me pregunté si era una señal, una advertencia de mis instintos o el miedo de mi subconsciente expresándose, intentando evitarme un fatal desenlace, o quizás solo es miedo, miedo puro y duro sin diluir, supongo que pronto lo sabré aunque no consigo sacar de mi cabeza algo que me contaron hace mucho tiempo, cuando pequeño para asustarme y que hoy me asusta por un maldito sueño
Salí temprano para aprovechar cada rayo de luz, llevé una pistola, no sé qué calibre y es que no sé de armas, aprendí a ponerle las balas y descubrí que tenía un seguro, la usaré para escapar cuando no tenga salida; Caminé sigilosamente, agachado casi intentando gatear en lugares con desnivel, como gradas o donde fuera posible y necesario, tratando de esconder mi silueta lo más posible, moviéndome sin hacer ruido, mirando cada rincón, escrutando cada recoveco, sombra, ventana o rendija, atendiendo hasta el último y más pequeño movimiento, deslizándome, en casi un mes de seguridad no había perdido los reflejos ni la destreza como temía aunque me sentía algo torpe y muy ansioso, todo ruido ligeramente fuerte, cercano o sorpresivo me paralizaba el corazón, se escuchaban sonidos a lo lejos que me inquietaban, disparos repetitivos a diferentes distancias seguidos de una pausa para dar por terminada la contienda con un disparo final
Todo era como lo recordaba, no veíamos a nadie desde hace un par de meses, a pesar de eso aún se escuchan los gritos de angustia en la distancia seguidos de silencios fatales, especialmente en la noche cuando es más difícil escapar, evadirlos o verlos llegar, la oscuridad es su aliada y en esta ciudad hace mucho que no hay electricidad; el hedor de las calles se siente más penetrante y aviva el temor ya constante, los meses vagando y evadiendo a los que nunca te acostumbras no te preparan para nada, estamos vivos de pura suerte y alguna vez condenamos a otros sin querer, huyendo arrastramos con nosotros a la marabunta que arrasaba a su paso al que tomaba por sorpresa, y es que estamos hechos para pelear con los vivos o con lo vivo, nuestro animal interior se congela cuando está frente a ellos, la determinación no detiene el miedo, no afirma las temblorosas manos ni te quitan las ganas de correr, las nauseas no se van con la decisión de luchar y el terror no se aplaca con la adrenalina que no te incita a combatir sino a escapar; No sabemos pelear con lo que está muerto.
Llegué a un micro mercado en construcción mucho más cerca que el supermercado al que me dirigía, había estado antes por aquí y no lo había visto, lucía inacabado, por fuera los andamios y las ventanas manchadas con pintura blanca y matizadas con latigazos de sangre no me daban esperanzas de encontrar algo allí, quizás por eso lo ignore antes, pero estaba a solo unos pasos por lo que decidí revisar, era pequeño pero bien surtido, las cosas no podían salir mejor y temí porque es calma y quietud lo que precede a la tormenta; fui recibido por unas campanitas que anunciaron mi llegada y me congelaron el alma, rápidamente con las manos aplaque su perturbador alarido y cerré la puerta con cuidado, una vez dentro ver los estantes sin tocar, ordenados con apenas polvo encima, latas y cajas de comida, caramelos, bebidas y todo cuanto allí había me regocijó, por dios cigarrillos de todas las marcas y chicle
Revisé mi mochila, tomé mi pistola y me aseguré de que estuviera cargada, conté el puñado de balas que guardaba en uno de los bolsillos, eliminar algunos y acabar conmigo tampoco sería un problema, pero ¿y Becca?, que haré con ella, si regreso como le diré. Guarde mi arma y comencé a limpiar la herida y arroje los retazos de camiseta ensangrentados en una boca de tormenta, llegue al edificio y miré afuera un rato para asegurarme que no me siguieran.
Antes de subir pensé en contarle todo sin chistar, la verdad cruda y sin rodeos es lo mejor para sobrevivir, allá afuera un descuido o una estupidez se pagan como yo debo pagar, y estos suministros no le van a durar mucho tiempo.
Encontré a Becca con los ojos hinchados, había llorado todo el día, me miró y leyó en mi rostro lo que no había encontrado manera de decirle, me palpó y ella sola encontró la herida mal vendada, buscó el botiquín que improvisamos, me limpió con cuidado pero casi mecánicamente, no dijo nada, solo sus ojos vertían lágrimas en silencio. Cuando terminó se acercó a mí y me dijo con aplomo
El tiempo era difuso hasta que llegamos aquí, los días y las noches parecían lo mismo, grises y sombríos, la falta de sol y la lluvia constante hacían que todo se viera igual. El hambre y la sed nos acompañaban desde entonces, aunque ahora tenemos agua que no está contaminada por larvas o algo peor, nos sigue escaseando la comida y a pesar de eso sé que no debería quejarme, vivimos bien y no tenemos hijos, algo por lo que estamos agradecidos, tampoco intentamos imaginar porque lo vimos y también evitamos pensar en la familia que perdimos, vimos mucha mierda pero tuvimos suerte, mucha suerte, debo evitar que ella tenga que salir y solo le puedo comprar tiempo. Y ahora no se como hablarle de esos pequeños cuerpecitos sin vida y llenos de horror que lo empeoran todo como si hiciera falta más, los sonidos que escapaban de su cuello aún los escucho como un ruido blanco de fondo que me roba la poca tranquilidad que ella me dá y hacen que sienta la necesidad de encontrar una pared o algo donde apoyarme para proteger mi espalda, tengo mucho miedo
No sé cuánto tiempo me queda, siento el cuerpo débil mientras mi corazón lucha por abrirse espacio y salir de mi pecho, la energía me abandona, el dolor es insoportable en mis articulaciones, docenas de agujas se me clavan con furia en los dedos de pies y manos tensando todos mis músculos y se alejan para volver a empezar, la cabeza me duele en oleajes y el sonido retumba en mis oídos como si me hubiese entrado agua, intento enderezarme pero solo lo intento, han pasado apenas unas horas y siento que estoy muriendo. Becca ha intentado cuidarme, ha puesto unos paños fríos sobre mi frente para bajar la temperatura, pero sabemos que no será suficiente. Siento mi pierna helada aunque una hoguera consuma el resto de mi cuerpo. La fiebre ha comenzado a bajar pero mi respiración se ha vuelto más pesada y lenta, siento que debo pensar para respirar. No sé cuánto tiempo podré aguantar así, pero una cosa es segura: no me convertiré en uno de ellos. Haré una fogata y arderé, pero antes de eso, debo contarle a Becca lo que he visto en la tienda. La imagen de los cuerpos desgarrados sigue grabada en mi mente, y no sé cómo comenzar.
Después de un par de horas de terror ambos pudimos descansar, me abandonó el dolor y el pánico inicial se transformó en esperanza creo, ahora solo siento una palpitación constante y sorda en la pierna entumecida y tengo todavía ganas de vomitar, sigo encorvado y temo moverme, no quiero despertar lo que sea que ahora tengo dormido o expectante en mi interior
Llegó la noche y la note distraída, como ausente, temo que su mente no lo soporte, como nunca la encontré mirando el horizonte con una mirada inexpresiva y ajena a su entorno, absorta en sus pensamientos y en la noche al dormir se quejaba, llamaba a su madre entre balbuceos, deseaba despertarla pero no sabía qué decirle así que coloqué mi mano sobre su pecho y en su frente para intentar calmarla, de rato en rato sus dientes sonaban y parecía que quería sacarlos, no sé qué hacer y me estoy quedando sin tiempo.
Quiero dormir y dejar de pensar pero no lo puedo evitar, mientras podíamos conectarnos a internet tratamos de averiguar el tiempo en que las personas se convertían, iba desde un par de horas a un par de días, por lo general dependía del tipo de herida pero siempre sucedía después de una mordida, en mi caso su sangre se mezcló con la mía, no fue solo su saliva y mientras imaginaba que podía ir corriendo hasta la cornisa para lanzarme desde el 8vo piso si acaso sentía que ya era el momento noté que la herida dejó de palpitar, toda la pierna se apagó y deje de sentirla, ni siquiera la sentía fría, desde casi la cadera hasta la punta de los pies totalmente insensible, tenía una pierna ausente, mi corazón se aceleró y pensé que no vería un día más
Dormí muy mal pero dormí, el dolor ausente en la pierna me hacía pensar en la vida y en la muerte como nunca antes, todos vamos a morir, pero realmente no lo pensamos mucho, la idea nos evade, es repulsiva y no, no nos coquetea en lo absoluto, pero vamos a morir y nada lo puede evitar. Encendí un cigarrillo tratando de expulsar estas ideas tétricas y agobiantes mientras Becca preparaba un café, agua sucia le llamo yo, menos de una cucharilla para una taza, solo tiene el aroma pero qué demonios, quizás sea el último así que lo voy a disfrutar, miro sus ojos y la veo cansada, ella tampoco durmió bien
Besé sus labios salados por las lágrimas, su aliento me infundió paz y salí otra vez.