Alejandro Ortiz
ALEJANDRO ORTIZ
Aprendiendo A Programar
Fecha de publicación: 31/03/2023

Un poco de nostalgia me invadió hoy ante la pregunta de un joven miembro de mi grupo de programación ¿Cómo aprendieron a programar? ¿fue difícil? ¿fue fácil? ¿Cómo lo lograron? Mi respuesta a tales cuestiones es digamos algo romántica.

Empecé a los 16 años, fui un adolescente desafiante y debo admitir que desaforado también, lleno de curiosidad y con un carácter obsesivo compulsivo muy marcado que reñía solo con mi desprecio profundo por la pesca y el jugo de tomate, de modo que la primera vez que vi un programa escrito en Turbo Basic 1.0 de Borland allá por 1992, me di cuenta que algo en mi gritaba al unísono y sin desafinar: ¡Quiero!, así que poseído por la idea de adquirir este nuevo saber me propuse adquirir el programa que acababa de ver, recuerdo que el mismo estaba en un disquete de 5 1/4 HDD (alta densidad) que contenía además un sistema operativo MSDOS 3.41 (si es que no me equivoco), el lenguaje Turbo Basic sin sus archivos de ayuda y cómo vería después, muchos programitas pequeños, ejercicios de programación iniciáticos, fue fácil debo admitir hacerme de esa presea y aunque no era la primera vez que pirateaba algo, esta vez era diferente, me sentía ruin y a la vez excitado, la emoción no me dominó, me maneje bien, fui profesional, interprete mi papel con carisma y aplomo, prepare la computadora en el instituto con un Diskcopy: (Inserte el disco de origen...) para luego pedir que me prestaran un disco con MSDOS, ese disco con sistema operativo con el que "empezar a trabajar", y así para no entrar en detalles más morbosos y que esto no se utilice después en mi contra en algún tribunal, solo diré que ese programa fue el que me motivó a aprender algo que para entonces consideraba para mí inalcanzable. Dicho de un modo más locuaz, ese día fue mi primera vez...

Corría el mes de Julio de 1992, los abedules se despojaban de sus últimas hojas marcando el final del paso de un otoño abundante y se vestían de colores grises poco a poco, dando lugar a una sinfonía en tonos sepia, una obertura que invitaba a la serenidad y daba la bienvenida al invierno, infinidad de funciones y métodos pensé... Dios sí que sabe programar...

Así es como me inicié, jugaba con ventaja, lo hacía por amor al arte, prueba y error, un IF por aquí, un GOTO por allá, escribía código como un pintor poseído por una técnica sin dominar... probando mis pinceles, refinando mis rutinas, afilando mis habilidades, me retaba mi voz interior pretenciosa, ¿ah? ¿Te sientes más que un programador tu simple mortal!? ¡Sí! exclamaba para mis adentros, aunque solo había escrito un par de renglones con mi nombre en vez de un hola mundo!, líneas que ahora poseía y que me gustó poseer! aprendí el valor de adquirir algo y darle mi estilo, mi forma, mi carácter, traté de emular aplicaciones existentes aunque empecé eliminando líneas de las aplicaciones que conseguía para ir descifrando su significado, era una época heroica, armado solo de voluntad y un inglés para mi suerte avanzado, los manuales eran caros y casi inexistentes, pero concedían a sus poseedores poderes indómitos frente a los más desdichados que podíamos observarlos a la distancia ¿Cómo lo hacen? alguna vez pude tocar un de esos libros y hojearlo con fervor tratando de contener en la mente tanto poder como me fuera posible, mi padre entre sus libros poseía uno que marcó mi vida como programador, un grimorio sacrosanto que hallé escondido en casa, entre otros libros sobre economía no menos profanos y que me llevó de la mano por un viaje que aún no ha terminado, un libro titulado Lenguaje de Terminales de 1981 de un profeta ahora olvidado en el tiempo... a quien le digo gracias donde quiera que estés. Debo confesar que yo me deje llevar, me convertí en acólito, obispo y mártir de mi nueva religión, programar..., leía cada capítulo con sobrada solemnidad, repetía las definiciones como mantras, cada día elevaba mis oraciones utilizando una serie de sentencias que de allí emanaban, plegarias que a diferencia de un rezo tradicional, se transformaban en seguida el algo visible reforzando mi confianza en esta nueva y devota fe, aprendí Turbo Basic 1.0, caí en su seducción y me hizo suyo, hasta que inevitablemente fui explorando más en la nueva fauna digital, con más confianza coqueteé con otros lenguajes con sintáxis llamativas, acogedoras y exóticas, un desliz de pronto: ¿Cómo te llamas? Turbo Pascal y cuando menos lo pensé llevaba una vida doble, era oficialmente infiel, programaba en un lenguaje un día y bebía las mieses de otro el día siguiente, los tipos de datos se parecían pero me atrapaban sus diferencias, tantas ideas juntas..., las estructuras de control me cautivaron, sus bucles me encerraron y sometieron... ahhhh, las funciones, los arreglos, los métodos y los objetos me esclavizaron con vigor y otras veces gentilmente, hasta que aprendí a oscilar a su ritmo y amablemente me transportaron en su seno! pero como programador procedural me sentí apóstata, su sintaxis Señor su sintaxis! Niégame el árbol de la vida pero no el del conocimiento! Hasta que mi herejía se completó cuando un framework cayó en mis manos, acepté el desafío, quiero uno, pero uno mío!, no había marcha atrás.

Cuantos problemas resueltos, cuantas batallas libradas, cuantos desafíos, cree hojas electrónicas diminutas que replicaban Lotus 123, produje mis propias versiones de WordPerfect sin dominar el manejo de los elementos en pantalla, desarrolle mis propios compresores, destructores de archivos que los hicieran irrecuperables, ejecutables con parámetros, pseudo intérpretes, biblias electrónicas, monstruos a mi manera de ver, hermosos, cuasi perfectos, cuyas imperfecciones me hacían poseedor de un conocimiento vasto, profundo y me regalaron no solo horas gratas de sano esparcimiento y aprendizaje, me suministraron sin saberlo entonces, los dones espirituales para ser un programador y comprendí finalmente el grito victorioso del Dr. Frankenstein ¡Vive! si, ahora somos iguales.

Han pasado muchos años desde aquel entonces, mi vida debo admitir ha transcurrido de una relación a otra, intensas todas aunque algunas más o menos duraderas que otras, me brindaron cada una su calor y me obsesionaron a su tiempo, sus características únicas me hacen recordarlas y extrañarlas con profunda nostalgia, compartimos noches largas de desvelo alegre perdido entre sus líneas, donde me sumergía explorando todos sus secretos, reproduciendo ideas inverosímiles, criaturas que me dieron un grato placer al darles vida y perfeccionarlas hasta conseguir un fruto que hallaba digno. Mi primera DLL me dejo un sabor que a veces recuerdo al intentar algo nuevo, porque de eso se trata aprender a programar, de seguir aprendiendo, las estructuras de control no han cambiado, siguen siendo las mismas, pero los nuevos ecosistemas nos ofrecen infinidad de opciones y promesas, sirenas que nos hechizan con un influjo que no debemos rechazar sino más bien abrazar, caer, sumergirnos, entregarnos y perdernos con ellas en sus aguas de gozo y placer para salir como Ulises de Lesbos, triunfante pero siempre insatisfecho!

Y así concluyo con esta micro biografía de mi faceta como programador, casi no pasa un día en que no escriba unas líneas, porque el amor es así, se debe alimentar cada día, intentando inventar algo nuevo añadiendo una técnica nueva al Bubishi digital como para no caer en la rutina que destruye y aniquila hasta la más fructífera e intensa relación.

END.

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Fecha de publicación: 31/03/2023
Alejandro Ortiz Becerra - 2023